Vagos y maleantes

 

[…] Me apetece hablar de una de las hipótesis más frecuentes que explican el fracaso escolar, sobre todo en la adolescencia, cuando las cosas empiezan a ponerse difíciles y hay chicas y chicos que, como Jonathan, se empiezan a descolgar. […]


Jonathan tiene 15 años y, según gran parte del profesorado, es un “pasota total”.

En clase, se sienta repantingado, con mirada ausente y, si se le hace alguna pregunta importante, contesta con desdén «me da igual». En general, pasa desapercibido pero, si algún adulto se acerca a él, suele contestar de manera cortante y evasiva, dejando claro que prefiere que le dejen en paz.

No da mucha guerra. Pero, a veces, se alía con los malotes de la clase para reírse de algún compañero o gastar una broma pesada. Pero nunca nada que a nadie le preocupe. Cosas de clavales —se dicen entre los profesionales—, qué más da.

Académicamente, le va mal. Sus notas siempre han sido muy pobres, pero en la última evaluación han caído en picado. Ha suspendido casi todas las materias y, lo que es peor, parece que, efectivamente, le da igual.

Algunos profesores han tratado de hablar con él.

«Tienes que esforzarte más.»

«Verás como encuentras tu camino y te consigues motivar.»

«Si necesitas que te explique algo, estoy aquí.»

«No puedes seguir así.»

Y parece que “plín”. Se la resbala con aceite de oliva virgen extra, a tope de calidad.

En conversación con su madre y su padre, les han trasladado que necesita una estructura sólida en casa para que estudie y haga los deberes. Que si no, le va a ir fatal. Que no es tonto, que puede, y que es una pena que desperdicie esta oportunidad, porque hay trenes que sólo pasan una vez en la vida y si no sube ahora, se va a quedar sólo en la estación.

Y todo el mundo tranquilo. Ya hemos hecho lo que podíamos. Más no se puede hacer.

Ya hemos cagado. Y nos hemos quedado bien.

Me apetece hablar de una de las HIPÓTESIS más frecuentes que explican el FRACASO ESCOLAR, sobre todo en la adolescencia, cuando las cosas empiezan a ponerse difíciles y hay chicas y chicos que, como Jonathan, se empiezan a descolgar.

Y me apetece hacerla pública, porque es una valoración que no se suele hacer. Tanto porque, en general, el sistema educativo está poco formado sobre las transiciones entre los estados del sistema nervioso —es decir, la teoría polivagal—, como porque estas chicas y estos chicos normalmente provocan en su contexto una RESPUESTA CONTRARIA a la que necesitan para estar bien.

Aunque el trasfondo es complejo, es fácil de entender. Las personas, tengamos la edad que tengamos, tenemos dos formas de protegernos: ON y OFF. Nos ponemos ON (luchando o huyendo) cuando sentimos que ese modelo de respuesta nos va a ayudar; y nos ponemos OFF (haciéndonos los muertos) cuando estamos entre la espada y la pared y sentimos que, hagamos lo que hagamos, vamos acabar mal.

El problema es que este tipo de respuestas, tipo interruptor, NO DISCRIMINAN. Si estamos enfadados, lo estamos con el mundo, y a cualquiera que se acerque le podemos morder. No vamos a valorar si es justo o injusto, porque a nuestro sistema nervioso se la pela: no evolucionó para estudiar derecho procesal, sino para SOBREVIVIR. Así que, si estamos apagados, anestesiados, desmotivados, apalancados, huecos, en tanathosis, pues vamos a estar en todos los contextos así.

«Me da igual.»

Y menos mal, hijo mío, porque si no vaya mierda te tendrías que comer.

Porque lo que no saben los profesores de Jonathan —y no es fácil, porque él es un experto en ocultarlo— es que no está bien.

No saben que su padre es un hombre ausente, que apenas ha pasado nada de tiempo con él. De pequeño, a lo sumo, se lo llevaba un rato de bares, dejándole con otros niños que no le trataban bien. Que pasó gran parte de su infancia deseando la aprobación de ese padre que prefería la cerveza con sus colegas, a pasar tiempo con su hijo. Y que, sin embargo, presumía de lo guay que era, proyectando sobre el crío una exigencia que nunca pudo satisfacer.

No saben que su madre lleva muy mal esta situación. Que se siente abandonada por su marido y por su hijo, y que, cuando llegan a casa, manifiesta síntomas de enfermedad física o depresión. Que, como el padre llega trompa y siente que ya ha hecho sus funciones de padre del año, se encierra en su habitación, siendo desde siempre Jonathan, el pequeño Jonathan, quien asume la responsabilidad de revivir a la persona que le debería proteger. Ni que acarrea un fortísimo sentimiento de culpa porque, haga lo que haga, esta mierda de situación siempre se vuelve a repetir.

En este contexto familiar, Jonathan apenas aprendió a sobrevivir. A sobrevivir al RECHAZO, la CULPA y una RESPONSABILIDAD asfixiante, que no era para él. Con la putada añadida, de que nada de lo que hiciera le servía para que las cosas acabaran bien. No podía luchar, porque temía el rechazo de su padre y la enfermedad de su madre, pero tampoco pudo nunca huír, porque eso significaría quedarse sólo, entre dos adultos en disputa que se podían hundir.

En consecuencia, su cuerpo —que, como el de todos, es muy sabio—, decidió lo más inteligente. Apaga y vámonos. Es decir, que lo mejor en estas circunstancias era crear un MURO DE HIELO y no sentir. Y ese muro de hielo es lo que le acompaña desde siempre, máxime cuando alguien activa la distancia o le exige responsabilidad.

Porque el sistema nervioso no distingue tiempos y lugares, sólo activa lo que presiente que puede proteger.

Pero este muro de hielo, que protege la Invernalia de los Stark, provoca en los pueblos adyacentes, como Los Salvajes, una respuesta contraria a la que necesita tener. Porque el hielo motiva el rechazo y la distancia y, a veces, actitudes de guerra que reafirman la necesidad de una construcción monumental. Es cuando el muro se percibe como una declaración de guerra, cuando el muro se puede resquebrajar.

Vale, muy guay, Gorka, pero ¿qué se puede hacer?

En situaciones así, caben pocas opciones:

Hacer un trabajo con la FAMILIA y, si no se puede, crear las condiciones para que pueda haber una intervención profesionalizada ahí. Es decir, hacer una adecuada coordinación con recursos que sepan valorar la situación y rescatar a esos padres que quieren, pero no están haciéndolo suficientemente bien.

Aceptar que las ACTITUDES que se despiertan en el MUNDO ADULTO (escuela) están teniendo necesariamente un impacto en la situación del chaval. Que, oye, cuando yo, que soy la profe, siento un poco de repelús, se lo estoy transmitiendo sí o sí. Porque, aunque yo sea muy guay, y sepa ocular muy bien mis emociones, eso no se escapa a un RADAR especialmente sensible a lo que, durante toda una vida, le ha podido dañar.

Es decir, que necesito trabajarme un poco mis mierdas para estar en condiciones de ayudar. Porque las niñas y los niños vulnerados, más si son adolescentes, necesitan que estemos en el verde, muy en el verde de la calma y la seguridad, para poder confiar. Y que sólo si permanecemos así, interacción tras interacción, con nuestra presencia TRANQUILA y HONESTA ACEPTACIÓN, podrán salir de ahí.

Pero, para eso, se requiere ayuda profesional. Aceptar que se podría hacer mejor y apostar por una SUPERVISIÓN específica que lleve a todo el equipo a otro lugar.

Chicos como Jonathan, o Marta, o Jesús, o Leticia, y como tantas otras y todos que conviven en las comunidades escolares, necesitan adultos que les entiendan y que estén bien. Que, aunque no sepan lo que pasa en sus casas, acepten que la desmotivación y el pasotismo son actitudes preocupantes que a menudo hablan de un profundo sufrimiento interior.

Porque es genial pasar desapercibido, pero que NO TE VEAN es el maldito HORROR.

La falta de mirada es una de las cosas que peor soporta el autoestima. Y sin cierta compasión hacia uno mismo no es posible más que una vida de mierda, en el sufrimiento o la desconexión.

Deberíamos considerar las escuelas como servicios de SALUD MENTAL de ATENCIÓN PRIMARIA, garantizando que las profesoras y los profesores sepan lo necesario para promover una salud mental básica que beneficie a toda la población.

Cada vez, más profesoras y profesores lo ven necesario. Se va creando despacio, pero con laso sólido un movimiento orientado a que las escuelas sean, también, SENSIBLES AL TRAUMA, de manera que las niñas y niños puedan sentirlas como el refugio sólido y profesionalizado que deberían ser.

Gracias a todas las profesoras profesores que lo veis así.


  • Artículo publicado en https://www.beautifulmesspsico.com
  • Más sobre escuelas sensibles al trauma aquí: http://www.buenostratos.com/2021/03/escuelas-sensibles-al-trauma.html

Referencias:

BARUDY, J. (1998). El dolor invisible de la infancia: una lectura ecosistémica del maltrato familiar. Barcelona: Paidós Ibérica

GONZÁLEZ, A. (2020). Lo bueno de tener un mal día. Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor. Barcelona: Planeta

DANA, D. (2019). La teoría polivagal en terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria

MARTINEZ DE MANDOJANA, I. (2017). Profesionales portadores de oxitocina. Los buenos tratos profesionales. Madrid: El Hilo Ediciones.


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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